Robert

por ValkaB

Robert

Mientras él camina hacia su despacho, a miles de kilómetros, la niña aún no sabe que el cielo está a punto de desaparecer.

 

Robert camina solo, lánguido, preocupado.

Detrás, Dorothy, le acompaña a apenas 2 metros de distancia. Lleva tiempo trabajando con él pero nunca le había visto así.

Le oye murmurar, pero no entiende las palabras manchadas de nicotina que se escapan de su boca. Viste un traje de lana ligera, corte recto, hombros estructurados y cintura apenas entallada. Un uniforme sobrio de cualquier funcionario. Gris. Grisáceo. Engrisecido. Como si el polvo del desierto se hubiese adherido a la tela. Como si la tela hubiese decidido anticipar la ceniza.

Y un sombrero. Aquel sombrero...

Un fedora de fieltro oscuro, ala media, ligeramente ladeado. Un gesto mínimo que aún conserva algo de estilo. Todos reconocían aquel sombrero.

Camina con los hombros relajados, pero el cuerpo inclinado hacia adelante, como si el peso del aire fuese excesivo. El suelo es terroso, árido, sin vida. No tiene nada de épico: es polvo, viento y silencio.

Robert murmura de nuevo. Dorothy acelera el paso.

 

— Robert, ¿qué? — intenta entenderle.

— Esa pobre gente... Esa pobre gente...

—¿Cómo?

 

No deja de pensarlo. Ni de torturarse. Y, sin embargo, esa misma semana se reunió con los generales para indicar la altura exacta desde la que tenían que lanzarla para causar el mayor daño posible. No el resultado más espectacular. El más eficiente. El que produciría una onda expansiva perfecta.

En este hecho real, narrado por Dorothy McKibbin, secretaria de Robert Oppenheimer cabe la dualidad que la historia moderna atraviesa desde hace más de 100 años: la compasión y la técnica compartiendo despacho. La conciencia moral y el cálculo balístico sentados en la misma mesa.

¿Era necesario? ¿Puede un acto violento ser el pago inevitable para conseguir la paz?

¿La bomba iba a destruir el mundo o a liberarlo de una guerra interminable?

La narrativa oficial fue clara: Hiroshima aceleró el final y evitó una invasión terrestre que habría costado cientos de miles de vidas. Salvó más de las que arrebató. Oficialmente.

Pero la historia no se escribe solo con balances contables de cadáveres...

 

Oppenheimer often wore a brown porkpie hat. In May 1948, Oppenheimer’s hat was featured on the cover of Physics Today. / Property of Triad National Security, LLC, operator of the Los Alamos National Laboratory with the U.S. Department of Energy
Oppenheimer solía llevar un sombrero porkpie marrón. En mayo de 1948, su sombrero apareció en la portada de Physics Today. / Propiedad de Triad National Security, LLC, operador del Laboratorio Nacional de Los Álamos para el Departamento de Energía de EE. UU.

Después de que terminó la Segunda Guerra Mundial y su jefe y amigo Oppenheimer dejó el laboratorio, Dorothy se quedó. Trabajó en el laboratorio durante 20 años, jubilándose en 1963 cuando la oficina del laboratorio en Santa Fe cerró. Dorothy vivió en Santa Fe hasta su fallecimiento en 1985. (Fuente: Los Alamos National Laboratory).


Miyoko y los siete ríos

Miyoko** recuerda que, cuando era pequeña, su ciudad estaba atravesada por siete ríos de agua que reflejaban el cielo como espejos. Recuerda como correteaba en busca de insectos y flores de todo tipo. Los pájaros cantaban incesantemente. Pero entonces el sonido de la guerra ensordeció su mundo.

 

-Recuerdo cada segundo. Nunca me he sentido tan indefensa.

-Estaba bajo los escombros. No sabía si estaba viva o si ya no importaba. El aire quemaba. Tenía que salir. Tenía que encontrar a mi madre. Cuando ves a toda esa gente moribunda, rezas para no ser una de ellos. Luego entiendes que quizá lo peor no es morir, sino quedarse.

 

No supo qué le pasó a su madre, a su prima, a su mejor amiga. Cuerpos evaporados en una fracción de segundo. Una vida imposible de reconciliarse con lo que vio.

Entre Oppenheimer y Miyoko se abre el abismo de nuestra modernidad: la racionalización del daño.

El concepto de “daño colateral” es uno de los grandes eufemismos del siglo XX. Convierte a las víctimas en variable secundaria. Las desplaza del centro moral de la acción. Las transforma en efecto no deseado, aunque perfectamente previsto.

 

La Cúpula de la Bomba Atómica (Atomic Bomb Dome o Genbaku Domu), situada en Hiroshima, Japón, es el esqueleto en ruinas del antiguo Salón de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima. Se conserva como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1996. Es un símbolo internacional de paz y de la devastación causada por la primera bomba atómica el 6 de agosto de 1945. Foto de Desmond Tawiah en Unsplash
La Cúpula de la Bomba Atómica (Atomic Bomb Dome o Genbaku Domu), situada en Hiroshima, Japón, es el esqueleto en ruinas del antiguo Salón de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima. Se conserva como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1996. Es un símbolo internacional de paz y de la devastación causada por la primera bomba atómica el 6 de agosto de 1945. Foto de Desmond Tawiah en Unsplash.


¿Hasta dónde podemos justificarlo?

Esa pregunta no quedó en Hiroshima. Se repite hoy con otras geografías y otras tecnologías.

En Gaza, cada ofensiva se defiende como respuesta necesaria. En Ucrania, cada avance o contraataque se legitima o deslegitima. Arabia Saudí bombardeó Yemen durante años bajo el argumento de la estabilidad regional. Siempre hay un marco estratégico. Siempre hay una explicación racional. Siempre hay un cálculo.

Y, sin embargo, siempre hay alguien bajo los escombros.

El Cementerio de Guerra de Arnhem Oosterbeek alberga las tumbas de la mayoría de los caídos durante los desembarcos de septiembre y de muchos de los caídos en combates posteriores en la zona. Actualmente, 1684 militares de la Commonwealth de la Segunda Guerra Mundial están enterrados o conmemorados en el cementerio. / Foto de Job Vermeulen en Unsplash
El Cementerio de Guerra de Arnhem Oosterbeek alberga las tumbas de la mayoría de los caídos durante los desembarcos de septiembre y de muchos de los caídos en combates posteriores en la zona. Actualmente, 1684 militares de la Commonwealth de la Segunda Guerra Mundial están enterrados o conmemorados en el cementerio. / Foto de Job Vermeulen en Unsplash.

 

La facilidad con la que olvidamos el daño de las guerras no se debe a la ignorancia. Y no, realmente no olvidamos los hechos. Olvidamos el peso humano del hecho.

Convertimos la guerra en análisis geopolítico. En tablero. En mapas con flechas rojas y azules. En debates televisivos sobre equilibrios de poder. Y poco a poco el sufrimiento queda a un lado.

Oppenheimer, años después del lanzamiento de la bomba de Hiroshima, citaría el Bhagavad-gītā: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. La frase ha sido repetida hasta vaciarse de sentido. Pero en su origen no era grandilocuencia. Era conciencia. Porque la citó entre lágrimas. Y porque uno mismo puede convertirse en víctima y acto seguido en verdugo.

Oppenheimer se describió a sí mismo como "Destructor de mundos" años más tarde de su participación en el proyecto Manhatan / Emilio Segre Archives para Triad National Security, LLC, operator of the Los Alamos National Laboratory with the U.S. Department of Energy
Oppenheimer se describió a sí mismo como "Destructor de mundos" años más tarde de su participación en el proyecto Manhatan / Emilio Segre Archives para Triad National Security, LLC, operator of the Los Alamos National Laboratory with the U.S. Department of Energy.

 

La pregunta no es si la bomba acortó la guerra. La pregunta es qué parte de nosotros se erosionó al aceptarla.

Lo inquietante es que ese desgaste no se detiene. Cada generación vuelve a enfrentarse a la misma disyuntiva y vuelve a envolverse en la misma lógica: esta vez sí es necesario. Esta vez sí es inevitable. Esta vez el daño colateral es el precio razonable.

Quizá la verdadera amenaza no es la guerra. Es la normalización.

Porque cuando tomar las armas se convierte en una noticia habitual, cuando el lenguaje lo amortigua, cuando el cálculo sustituye al duelo, la memoria se vuelve frágil. Y lo frágil se olvida.

Entre el fedora gris caminando por el polvo de Los Álamos y la niña que emerge de los escombros en Hiroshima hay una pregunta que sigue abierta en muchos lugares ahora mismo: ¿Puede la paz construirse sobre una herida que nunca termina de cerrarse?

Tal vez una guerra, en ocasiones, detenga otra guerra. Pero el daño no desaparece. Se transforma. Se hereda. Se filtra en generaciones que no firmaron ninguna declaración ni diseñaron ninguna estrategia. Y quizá lo verdaderamente peligroso no sea que existan guerras. Sino que aprendamos a aceptarlas demasiado deprisa.

 

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Por curiosidad:

*"Barefoot Gen" (Hadashi no Gen) es uno de los testimonios más crudos y humanamente devastadores sobre Hiroshima que existen —y, al mismo tiempo, una obra profundamente política. Es un manga autobiográfico creado por Keiji Nakazawa, publicado originalmente entre 1973 y 1987. Nakazawa tenía seis años cuando la bomba atómica cayó sobre Hiroshima. Sobrevivió, pero perdió a gran parte de su familia. El protagonista, Gen Nakaoka, es su alter ego.

**Miyoko es un nombre ficticio usado para proteger la identidad de una superviciente de Hiroshima que contó su historia real con esas palabras.

***En 1962, el líder del Proyecto Manhattan, el general Leslie Groves, escribió a Oppenheimer para preguntarle sobre el origen del nombre Trinity. Según una copia de la carta que forma parte de las colecciones del Centro de Investigación de Seguridad Nacional del laboratorio, Oppenheimer dijo: “Por qué elegí ese nombre no está claro, pero sé qué pensamientos tenía en mente. Hay un poema de John Donne, escrito poco antes de su muerte, que conozco y amo.”

Oppenheimer citó entonces el soneto “Hymn to God, My God, in My Sickness”, sobre un hombre que no temía morir porque creía en la resurrección. Oppenheimer continuó: “Eso aún no constituye una Trinidad, pero en otro poema devocional, más conocido, Donne comienza: ‘Batter my heart, three person’d God.’ Más allá de esto, no tengo ninguna otra pista".

 

***In 1962, Manhattan Project leader General Leslie Groves wrote to Oppenheimer to ask about the origins of the name Trinity. According to a copy of the letter that is a part of the collections of the Lab’s National Security Research Center, Oppenheimer said, “Why I chose the name is not clear, but I know what thoughts were in my mind. There is a poem of John Donne, written just before his death, which I know and love.” Oppenheimer then quoted the sonnet “Hymn to God, My God, in My Sickness” about a man unafraid to die because he believed in resurrection. Oppenheimer continued, “That still does not make a Trinity, but in another, better known devotional poem Donne opens, ‘Batter my heart, three person’d God.’ Beyond this, I have no clues whatever.” 

 

Para ver:



Para escuchar

Descubre en esta playlist en tres movimientos la banda sonora que marcó la época:

Primero, lo que sonaba en América mientras el bombardeo se preparaba — Charlie Parker en el Savoy de Nueva York el 26 de noviembre de 1945. Doris Day, Vera Lynn, Piaf.

Segundo, lo que sonaba en el Japón que iba a recibirla: Awaya Noriko antes de que la junta militar la censurara,  los hermanos Haida, Michiko Namiki dándole voz al primer respiro de la posguerra.

Y un tercer movimiento: la interpretación de cada generación posterior, desde la sátira de Tom Lehrer de 1959 a Pink Floyd narrando el destello en 1983 pasando por Sakamoto,  Sting, y Göransson.

No te pierdas el discurso que anunciaba la rendición en la voz real de Truman y el Requiem for String Orchestra de Toru Takemitsu, compuesto en 1957 como duelo del Japón que sobrevivió.

Spotify: LINK a PLAYLIST

23 DE MARZO DE 2026
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